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El Robo de la Cruz de Caravaca

Caravaca

El Robo de la Cruz de Caravaca  La desaparición de la Vera Cruz de Caravaca durante la infausta noche del 13 al 14 de febrero de 1934 originó una tremenda conmoción entre los vecinos del pueblo y fieles en general con manifestaciones y actos de repulsa de diversa naturaleza. La noticia del robo tuvo amplia repercusión en la prensa escrita española de la época, sobre todo en los diarios y revistas de inspiración católica como La Verdad, ABC y La Vanguardia, pero también en otros periódicos de significada trayectoria laica como El Heraldo.

Justo dos meses después del desgraciado suceso, el Ayuntamiento de Caravaca decretó la suspensión de las fiestas de mayo de ese año “por no haberse recuperado la Santa Cruz”, acordando por tal motivo que no se instalaran las habituales casetas de feria.

No obstante, el 16 de abril se reunió la cofradía de la Santa Cruz en cabildo extraordinario para tratar sobre la posible celebración de actos de carácter religioso durante la próxima festividad del 3 de mayo, día de la Invención de la Cruz.
El hermano mayor don Antonio Martínez-Carrasco Blanc y parte de su junta representativa habían pensado celebrar una misa de comunión y una rogativa que debía predicar el dominico padre Urbano, con quien ya se había comprometido.

Sin embargo, a la vista de algunas disidencias surgidas en la víspera de la asamblea de cofrades, decidió poner su cargo a disposición del cabildo ausentándose del mismo para que los cofrades tratasen el asunto pero, eso sí, anunciando que presentaría su dimisión si este tema no se resolvía satisfactoriamente de acuerdo a sus pretensiones.

Parece que la comisión de festejos, en sintonía con el Ayuntamiento, había desautorizado previamente la propuesta del hermano mayor. Sin embargo, el cabildo decidió pedir al primer mandatario de la cofradía que retirase su amenaza de dimisión y acordó por unanimidad que el día 3 de mayo se celebrase una misa de comunión general a las 9 de la mañana y por la tarde la rogativa a cargo del expresado predicador.

Sin la conformidad del consistorio municipal y con la oposición de algunas personas de Caravaca, el gobernador civil de la provincia concedió permiso para celebrar los actos religiosos y una rogativa para demandar la aparición de la reliquia, a cuyo término debía pronunciarse un sermón, ordenando a la Guardia Civil que estuviese presente para garantizar el orden durante el desarrollo de la rogativa.

Y todo ello a pesar de los conocidos sucesos acontecidos en las jornadas precedentes con el allanamiento de morada y la agresión que sufrió el capellán de la Cruz don Ildefonso Ramírez en la tarde del sábado 28 de abril, a quien algunos acusaron de haber robado y escondido la reliquia en sus estancias del castillo.

El 3 de mayo, a las nueve de la mañana, tuvo lugar la misa y comunión general en la iglesia del Salvador oficiando el coadjutor don Santiago Sánchez García que dirigió unas palabras a los numerosos asistentes “haciendo brillar en los ojos de los fieles lágrimas de amargura”.
A primera hora de la tarde tenía prevista su llegada don Julián López Maimón, deán de la catedral de Murcia, para dirigir las preces en la rogativa, pero comunicó telefónicamente a las cuatro que un corte en la línea férrea en Albudeite originaba su retraso.

Ante esta situación, el hermano mayor envió un coche a Mula para que lo recogiese, llegando a Caravaca a las seis de la tarde. Una vez aquí, el deán realizó un brillante discurso especialmente cuando elogió la historia de la ciudad y la particular fama que gozaba debida a la Cruz.

Apunta el informador que “Caravaca tiene todavía hijos católicos que acuden a la Casa de Dios buscando lenitivo para sus tribulaciones y pesares”.

Podéis descargar el siguiente PDF y seguir leyendo el resto de esta interesante historia, fragmento de: 

FIESTAS Y LIGNUM CRUCIS. UN PERIODO OSCURO EN LA HISTORIA RECIENTE DE LA CRUZ DE CARAVACA (1934-1942) de INDALECIO POZO MARTÍNEZ

Tampoco os podéis perder el video realizado por la Fundación Integral, de una interesante entrevista a D. Diego Marín Ruiz de Assín


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