Rutas por la Naturaleza

Información Turística

Fotuya - Cueva Roberto - Abrigo de Pedro_

Moratalla

Fotuya - Cueva Roberto - Abrigo de Pedro_   Los domingos son día de ruta, de salir al campo y reencontrarnos con nuestros montes. Hoy lo hacemos con especial ilusión, ya que nos espera una jornada bonita, pero sobre todo, emocionante. 
Nos reunimos con los compañeros de excursión, algunos nuevos, que han elegido pasear por el municipio con nuestro grupo de “descubridores”. La mañana se presenta soleada, y la aldea de la Risca aún se despereza del fresco nocturno. 

Nos adentramos en el camino que nos llevará a uno de los parajes moratalleros de más bello nombre: Fotuya. Aquí las encinas, desafían a la gravedad, desarrollando grandes copas que esconden ramajes retorcidos e inclinados, de primitiva belleza, áspera y fuerte. Su visión transmite seguridad, serenidad… no en vano, su sombra y cobijo fue elegido por nuestros antepasados como lugares ideales donde se reunían para tomar importantes decisiones, tal vez esperando que tutelaran su espíritu. Dos de estas serenas damas, sirven de puerta de entrada a uno de los paisajes moratalleros que más fuerza y emociones transmiten… la gran falla que acompaña a nuestro río Alhárabe en su tramo medio/alto. 
Llegamos al cortijo de La Fuente, rodeado de imponentes cenajos y encinas de gran tamaño, que llevan siglos observando el devenir de todo tipo de fauna, incluida la nuestra. Mientras intentamos descubrir a los buitres que descansan en los elevados riscos, llega Miguel, amo de estos pagos, que como siempre nos da la bienvenida con la amabilidad y la alegría que le caracteriza. Él es nuestro principal protagonista en este momento. Siempre dispuesto a contarnos anécdotas interesantes de su vida allí, algunas, por duras, nos parecen increíbles, nos indica que, a su casa, a él le gusta llamarla “Fotuya de allá”. 
Su compromiso con sus vecinos emplumados, los buitres leonados, es antiguo y puro, propio de aquél que conoce bien la especie y los beneficios que siempre le han reportado al hombre, y a los espacios naturales donde habitan. Cada vez que hablamos con él, aprendemos algo nuevo, es una auténtica caja de sorpresas, de esas a las que nunca dejas volver… Nos despedimos de nuestro amable anfitrión, y partimos rumbo a nuestra cita del día, una cita concertada hace milenios… El camino discurre entre grandes encinas o carrascas. 

Algunas de ellas, parecen afanarse por elegir el lugar más vertical posible, tanto que mirarlas provoca vértigo. Unas alegas ya abandonadas, esperan mudas al ganado que antes las visitaba; Son rocas, y en su mundo, el tiempo tiene una dimensión tan diferente, que tal vez les dé la razón, y alguna res vuelva a lamer la sal depositada en su superficie. La gran falla del Alhárabe, desde nuestra perspectiva, se alza altiva en nuestro horizonte cercano. Nos recuerda las fuerzas que a veces la naturaleza desata, y nuestra ingenua fragilidad. 

Pequeños herrerillos azules, charlotean entre las ramas de las encinas, escondidos en su follaje. Probablemente, alimentando a una diminuta prole.  Hay mucha fauna que, si no eres un buen observador, por tamaño, nos pasa inadvertida. Como unas curiosas espumas que descubrimos en la base de la vegetación. Conocidas como espumadoras, pertenecen a unos invertebrados (son varias las especies que actúan de esta forma) que, en su periodo de ninfas, hacen una picadura en la base o tallos de las plantas para alimentarse de su savia. La espuma que vemos, la excretan por el ano y envuelve a las ninfas, protegiéndolas de depredadores y garantizando la humedad que necesitan en este periodo. 

¿Quién dice que no es una actitud inteligente? Yo no, desde luego. Nuestros paseos, casi siempre están tutelados por nuestros queridos buitres, y sin faltar a su “deber”, se enseñorean girando sobre nuestras cabezas, como guiándonos hacia la sinuosa senda que apenas se aprecia engullida por la vegetación, que crece desbocada en esta exuberante primavera. Unos nacen, y otros mueren… ley de vida. Y esta primavera, ha visto desaparecer a un gigante. Encontramos su monumental cadáver, postrado para siempre en el fondo del barranco que lo vio nacer, crecer y prosperar hasta yacer, exhausto de tanto vivir. 

Serán cientos, o tal vez miles las aves que encontraron descanso y cobijo en sus ramas, los nidos que albergó y los pollitos que nacieron, el alimento, la sombra y el oxígeno que proporcionó… y es que la vida de los árboles, si te paras a pensarlo, es una vida dedicada a los demás, una vida que proporciona vida, una vida, en definitiva, muy bien aprovechada. Por ello, aunque nos entristece ver a este gigante caído. un pino rodeno monumental, sabemos que dejó su semilla de muchas maneras distintas en el entorno, donde de alguna manera, aún sigue viviendo. Con el ánimo un poco decaído, llegamos al pie de nuestra ancestral cita. Allí, suspendidas en el tiempo como en la pared, permanecen inalterables las Diosas-Dama de Fotuya, del Alhárabe, de Moratalla. Figura icónica de nuestro arte rupestre levantino, este manuscrito pétreo desafía el paso de los milenios, como un mensaje en el tiempo de cualquier novela de ciencia ficción. Solo que ellas están allí, ante nuestros ojos, reales como el sol que calienta nuestra piel, de vello erizado, sobrecogidos como estamos por lo que significa su presencia. 

Nuestra huella, nuestro pasado, presente ante nosotros. No intentamos entender qué significan, ellas, su magnetismo, nos atrapa, tal vez como lo han hecho siempre. Pasamos largo rato bajo su influencia, renuentes a abandonar la realidad que representan, pero nuestro viaje, como el de ellas, aún no ha terminado. Nos despedimos prometiendo volver… En medio de nuestra ensoñación, casi sin darnos cuenta, nos plantamos de nuevo ante un nuevo espectáculo visual, y es que las vistas desde la era del cortijo de la Cueva Roberto son magníficas. A nuestra espalda, los cenajos hendidos de cuevas que nos invitan a subir, y nosotros, por supuesto aceptamos. Las cuevas, en su engarbo, nos ofrecen nuevas panorámicas con las que desarrollar nuestra faceta más artística. Seguimos las pistas que otros dejaron: fósiles marinos, corrales, nidos… todo un parque temático que continua cuando encumbramos los abrigos, y nos sentamos allí donde vivieron otros antepasados nuestros, diferentes a los pintores de las diosas… nos preguntamos qué pensarían de ellas… 

Asombrados por la capacidad de adaptación de nuestra especie, y orgullosos de pertenecer a ella, debemos sin embargo volver a nuestra época. Y ¿por qué no? Al fin y al cabo, acabamos de revivir parte de nuestra historia en un paisaje que nos ha enamorado tanto como lo que en él hemos aprendido hoy. Además, siendo sinceros… el hambre aprieta, y sabemos bien como saciarla. Con la alegría que te proporciona una jornada de campo, nos dirigimos al restaurante de nuestro amigo José, El Cortijo, donde terminamos la jornada con unas deliciosas migas, acompañadas de otros ricos manjares que nos han preparado mientras vivíamos nuestra pequeña aventura… o grande, quien sabe. Y así transcurre...

Un día más en un rincón del paraíso… Moratalla.

FOTOS Y CRÓNICA: Jesús Rodríguez “Descubriendo Moratalla”

FOTOS: Jesús Hernández "Casas Rurales Cuatro Vientos"

“La vida de los muertos está en la memoria de los vivos.”

“La historia es el testigo de los tiempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la escuela de la vida, la [...]”

Marco Tulio Cicerón

(Arpino, actual Italia, 106 a.C. - Formies, id., 43 a.C.)





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